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MAR ARZA (...)
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Exhibitions: CARLOS FORNS BADA: Crepúsculo de primavera.
Del 28 de octubre al 3 de diciembre de 2005.
La cita de Bruno Schulz, con la que Carlos Forns Bada presenta su nueva exposición en la Galería Estampa, insiste en uno de sus pensamientos más frecuentes: la necesidad de rescatar la realidad (la naturaleza agonizante) de los discursos de poder de la razón humana. La obra de Carlos Forns es un canto de amor desesperado por un sentimiento de belleza que sostiene nuestra razón de vida, y que no es otro sino el que encauzó los primeros pasos de la ilustración científica, a la que tanta atención ha prestado este pintor madrileño a lo largo de su trayectoria. Se trata de una mirada asombrada ante una belleza cuya ininteligibilidad -y frecuente condena– podría ser debida, como escribió Octavio Paz, a su exceso de realidad, a su pertenencia a un mundo aún poético en el que las cosas no han necesitado hallar su nombre. Sin dejar de reconocer –y de elogiar– la fragilidad, la esencia iridiscente y fugaz de todas las cosas que conforman la naturaleza que nos abarca, Carlos Forns denuncia la incapacidad del ser humano para habitar responsablemente el espacio que le ha sido concedido; su incapacidad de cuidar y proseguir la creación del mundo entendido como paraíso. La verdadera destrucción no tiene su origen en el paso del tiempo, sino en la criminal indiferencia de los hombres. De este paraíso presente, trastornado pero en nada ‘artificial’, son imágenes recurrentes –como en casi todas las culturas– las grandes flores, los colores deslumbrantes, las piedras preciosas de geometría caprichosa. En las obras recientes de Carlos Forns una constelación de formas atraviesa un cielo denso, de esmaltes fundidos, que la acoge y protege como en el interior de un estuche, haciendo el espacio habitable. La muestra actual consta de diez cuadros y una veintena de dibujos que configuran jardines y un extenso herbario, a los que se suma alguna representación de la figura humana: demiurgos y visionarios que dialogan con esas formas naturales que involuntariamente traslucen su vulnerabilidad. La inmediatez de la pincelada así como el trazo desnudo del grafito –que intenta a veces aludir al color sin utilizarlo– evidencian el confiado silencio de este diálogo íntimo entre el pintor y la naturaleza.
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