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DIN A-3 (Colectiva de dibujo) FERNANDO X. GONZÁLEZ: Entornos PAZ PÉREZ RAMOS: Elemento repetido EDUARDO ARROYO: Tu nombre viene lento RAMIRO FERNÁNDEZ SAUS: El Milagro de los pájaros JOSÉ LUIS MAZARÍO: Días de verano LUIS MAYO: BIOGRAFÍAS MARIAJOSÉ GALLARDO: Dos modelos con un mismo patrón. Trofeos y abrigadas en invierno STEPHEN MCKENNA Projects Room:
MANUEL BARBERO: El gabinete de K. Richart
CARMEN Gª BARTOLOMÉ: Mujeres del día después DIN A-3 (Colectiva de dibujo) NURIA BLANCO: El ánima de las damas DIEGO FIGARI: Un pensamiento delicioso VANESSA LOSADA: Patrografías JUDAS ARRIETA: Relax JAVIER MORENO: Museum MÓNICA RODRÍGUEZ: El individuo anónimo MARIAJOSÉ GALLARDO: Dos modelos con un mismo patrón. Trofeos y abrigadas en invierno Window:
CARMEN Gª BARTOLOMÉ: Mujeres del día después
NURIA BLANCO: El ánima de las damas DIEGO FIGARI: Un pensamiento delicioso VANESSA LOSADA: Patrografías JUDAS ARRIETA: Relax JAVIER MORENO: Museum MÓNICA RODRÍGUEZ: El individuo anónimo MARIAJOSÉ GALLARDO: Dos modelos con un mismo patrón. Trofeos y abrigadas en invierno OLAF LADOUSSE: Doorags LA LATA: Escaparates y latas |
Exhibitions: RAMIRO FERNÁNDEZ SAUS: El Milagro de los pájaros.
Del 24 de octubre al 25 de noviembre de 2006.
DIMENSIÓN DE MILAGROS A lo largo ya de múltiples exposiciones, durante más de veinte años, Ramiro Fernández Saus ha creado, pues, un mundo de tigres inocentes, negritos escaladores, árboles suculentos, nubes macizas, avecillas revoloteadoras, barcos de vapor y pintores de medianoche. Un mundo o quizá un bazar, pues sus cuadros tienen un algo de juguete antiguo, con la fragilidad de la madera pintada o de la hoja de lata, y la precisión delicada de un mecanismo de cuerda. He visto, o he creído ver, en Ramiro, al mismo tiempo, una veta noucentista, pues además del noucentismo clasicista e idealizado, había también otro de savia popular (que se manifiesta en Obiols, en Lola Anglada, en Nogués o en Joan D’Ivori) extraída de la imaginería religiosa, didáctica y comercial del siglo XIX; de las estampas, de las etiquetas y de las aleluyas. Tiene la obra de Ramiro esa misma frescura y ese mismo gusto por la obra bien hecha, a la que él añade además una raíz americana (confiesa su predilección por el pintor Mulato Gil), y opone al mundo mediterráneo de los pintores catalanes de los veinte, otro de habaneras, indianos y barcos mercantes, con olor a café, a ron añejo y a fruta tropical, como recordándonos que en realidad la Cataluña del siglo pasado estaba más cerca de Cuba que de la Grecia clásica, como pretendían, un poco ingenuamente, Eugenio D’Ors y los suyos. No es casualidad que un libro suyo de estampas iluminadas a la acuarela (con textos de Carlos Villarubia) se titulase precisamente Cuaderno de Habaneras. Ahora presenta, en la galería Estampa una serie de pinturas, una suite, inspirada en los versos sencillos de un romance que cuenta el milagro de San Antonio y los pájaros. Tiene Ramiro, con su galerista Manuel Cuevas, una complicidad que no es demasiado frecuente, por desdicha, entre artista y marchante. Y es, por ello, como con ocasión de un viaje que ambos compartían hacia Lisboa, sonaba en el interior del coche la versión musicada de este romance que realizara Joaquín Díaz y, allí mismo, mientras pasaban pueblos y llanuras, se gestó esta exposición de ahora. Han pasado cuatro años desde entonces, y es que cada cosa tiene su momento. No es nueva, no obstante, esta predilección por los conjuntos o retablos en la pintura de Fernández Saus. No sólo es una pintura literaria en el sentido de que sus cuadros no carecen de argumento, sino incluso narrativa, construyendo, mediante series, grandes “frescos” legendarios, fábulas, relatos pintados. El jardinero, Olimpia, Maestros impertinentes, pertenecen a esta categoría, a la que ahora se une El milagro de los pájaros. Y entre ellas quizá es ésta de ahora la más suya, porque este aroma de leyenda milagrera, humilde y afable, bucólica y avícola, va muy bien con su aprecio por el misterio del arte popular, pues como bien decía Balthus, el arte popular ha logrado extraer la parte de secreto que reside en cada hombre. Y es que uno encuentra, en muchas ocasiones, no sólo más autenticidad, sino también más enigma y más sabiduría en la obra modesta de un escritor de novelas por entregas o en la de ciertos dibujantes, como en aquellos del siglo XIX que trabajaban en los carteles y en los folletones, que en ciertas grandes obras cuyo peso abruma y cuya ansia de trascendencia irrita. El propio Balthus, en cuya obra recocemos tantas veces el río profundo de lo popular, expresaba su admiración por Daumier “que lejos de ser sólo un caricaturista, como creyeron muchos, fue un inmenso pintor visionario”. Cada uno de los cuadros que constituyen esta alegoría hace referencia a alguna de las estrofas de la leyenda, a la manera de aquellos romances de ciego que paseaban por los pueblos con su equipaje de provechosas enseñanzas, o de truculencias como esos que cuenta Solana: “En España se explota mucho el romance callejero; no hay pueblo ni aldea que en día de romería no se canten las coplas de un crimen, las hazañas de un bandido, la vida y muerte de un torero y hasta las calamidades públicas, las inundaciones, el hambre, guerras, terremotos y pestes. El romancero empieza por invocar a los cielos o a un Cristo milagroso para que les sea testigo y les dé fuerza en esta empresa de relatar lo ocurrido. El estandarte en que aparecen pintadas estas escenas, se encarga de completar la ilusión”. Y así también éste al que Ramiro pinta su estandarte arranca con las debidas invocaciones al santo para que interceda ante el “Dios inmenso” y para que “por tu gracia divina / alumbre mi entendimiento / para que mi lengua / refiera el milagro / que en el huerto obraste / a la edad de ocho años”. Todo esto no pasaría de la levedad de colección de cromos (con todas las reverencias para tan gratos objetos) si no pudiésemos además fijarnos en la hermosa factura de los cuadros de Ramiro. Sólo su temática es popular, no su técnica. Hay en ellos, en efecto, una pastosidad y un acabado que les hace parecer esmaltes o cerámicas, que les presta gravedad, solemnidad y compromiso pictórico. Ese desequilibrio del cielo va a quedar inmediatamente compensado por la solidez de una nube o por el vuelo ligero de unos cuantos mirlos. Conviene fijarse en ese espesor del cielo, en esa cualidad terrosa de las paredes, en lo bien ligados que están los colores, en la manera en que se tupe la verdura de los árboles; y en cómo vibra y cobra una vida todo ello gracias al enérgico impulso del pincel. Ramiro es ese pintor que él mismo retrata con su pullover encarnado, su perrito, encaramado a la noche, intentando aprisionar en su tela la inmensa profundidad celeste. “He aquí la noche –dice Gauguin-. Todo descansa. Mis ojos se cierran para ver, sin comprender, el sueño en el espacio infinito que huye frente a mí, y siento el paso doloroso de mis esperanzas”. Pero a diferencia del gran pintor de lo salvaje no hay, gracias le damos por ello, nada doloroso en la obra de Ramiro; bien al contrario todo es de una extrema amabilidad, como si no quisiera molestarnos con sus cuadros. Sus pinturas susurran como el viento entre los árboles, las notas de una sencilla y sigilosa melodía. “Es posible cargar la pequeña melodía tocada por un pastor con su flauta de tanto sentido y encanto como una misa con coros y una gran orquesta”, afirmaba Dubuffet, y así mismo sentimos la pintura de Ramiro, algo grande y hermoso que se encarna en algo tan modesto como una leyenda sobre pájaros, como para recordarnos que el artista es, así mismo, un hacedor de milagros. RAÚL EGUIZÁBAL. |