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"FERNANDO ÁLAMO: Flores"

Del 17 de mayo al 16 de junio de 2007


Amarillys rojo con tres manchas negras, 2007, mixta/lienzo y tabla, 260x190 cm.

Nada está dejado al azar en el jardín de la memoria, y Fernando Álamo hace uso de aquello que un día su ojo devoró de mirada hasta la última semilla, hasta la última gota, y es en la mañana de otro día cualquiera que Fernando Álamo se asoma de nuevo (como quien abre un paraguas a la primera señal de lluvia, que cada vez es igual pero es distinta), para mostrar lo que es suyo, ya lo era, porque siempre lo fue. Pero de manera distinta.

Y tras ese momento de los ahora sí y ahora no de los pétalos arrancados, el ojo recompone la realidad que Álamo ha deshojado de puro deseo. El jardín de sus flores es el verso de sus cuadros, negado por tres veces hasta derramar todo el esplendor del color resucitado, vivo y eterno, rescatado de la mortalidad para la inmortalidad más iconoclasta.

Pero de manera distinta. Porque Fernando Álamo no sigue consignas, ni siquiera de la naturaleza, y es que su libertad excede más allá de su singularidad, plena de seducción, excede más allá de cualquier lugar en el que no hay sitio (¿o sí?) para este nuevo lugar inventado, concebido por las intenciones. Desahogo de una realidad sistémica, es la propia globalización la que evidencia las diferencias de otra realidad fragmentada, de la que se hace eco su obra, como dispuestas sobre una mesa armada y montada para la hora del brunch, pero ante una cola de comensales que no caben en un solo lienzo. Dentro y fuera. Excesivo pero sin los excesos de aquello que lo empuja a salirse de la obra sin abandonar el estudio. Exhibicionista de lo que aborrece por exhibición de lo que ama.

Heredero voluntario del dadaísmo, parece interrogar sobre qué imagen es más apetecible, si la real o la soñada, la pintada o la imaginada; y al verla se adquiere la certeza de la evidencia, la metáfora está en el ojo del que observa, pero Fernando ya se ha asomado a mirar antes, por todos. No en vano, las formas son volubles toda vez que se tocan, y ya han sido palpadas al pintarlas, pues capricho del artista es su propia querencia y demostración de otro poder sobre la obra.

La audacia de unas flores plurales pero seriadas, simultáneas y, sin embargo, correlativas (al modo Warhol) tienen igualmente ese equilibrio íntimo, que retoma la idea del ansia global pero que nace de las diferentes partes. Como las fotos de familia cuyos miembros se reúnen en celebración aún cuando ya sean pedazos que discurren con vida propia y, sin embargo, encajan cada uno en su lugar. Así es también la rosa de Fernando Álamo que se abre con la vida cuando el agua la toca, pero se mueve libre, porque cada hoja respira sola de ese mismo aliento que la deshojó de tanto deseo. Labios compartidos de un amor que no se presta, se regala como una flor única, cuyo aroma desprende armonía propia, sin compromisos ajenos a su obra.

Álamo, después de ya haber exprimido todo su concepto, lo dispersa, desde y al vacío, para volver a acoplarlo, porque sabe que también las flores son unas veces de miel y otras, de hiel, conocedor como es de que perderse en el vaivén de cada pétalo es marcharse pensando sólo en el regreso, y poder hacerlo sin pensar en él. En su universo teatral de provocación, elige siempre jugar con lo que en realidad no vemos (como los “trajes nuevos del Emperador” de los Hermanos Grimm), más allá de lo cotidiano, buscando lo extraordinario pero desde lo consuetudinario, entre la aparente materia y la figuración. La independencia creativa de Fernando Álamo no necesita de señales externas que muestren su libertad porque siempre ha sido libre, fértil, tal cual es su estudio, en el que el futuro se sienta a esperar mientras él trabaja, rodeado de momentos aún por venir y de instantes ya vividos, en un orden temporal que se cuela como la luz por las ventanas. Y sin embargo, el Arte no aguarda turno, porque Fernando Álamo, irreverente, le regala flores.

Nada parece tampoco dejado a la eventualidad de un jardín en el cielo, de tener un pedazo de aquél a quien siempre quisimos por puro instinto, pues en la obra de Fernando Álamo la suma vuelve a ser la tónica, ya que apuesta de nuevo por la dualidad del dibujo y la mancha, cuanto define y cuanto emborrona. (¿Acaso esconde?). Sin disyuntivas, combatir es dividir, pero también saber luego recomponer esos mismos pedazos. Los lienzos de Fernando Álamo son, sin duda, un jardín privilegiado donde es lo pensado lo que florece, y esas flores se mantienen más frescas que su recuerdo, reviviendo cada vez.

Su sensualidad se estructura ahora partida, fragmentada en momentos, intensos todos, que merecen ser, unos y otros, enmarcados en ese instante atesorado de tantas caricias distintas, de texturas diversas pero nacidas de un mismo leño. Han florecido sólo para ser pintadas, retenidas en el tiempo y en la esperanza de vencer su misma fragmentación. Inmortales y de colores, pues así pinta ahora su ironía, dejada al azar de una paleta que suple el dardo con los matices, liberadores de una energía capaz de fijar otro concepto visual, siempre al servicio de su obra.

Nada surge casual en este jardín inventado, en el que Fernando Álamo reconstruye otras flores pintadas a trozos, fraccionadas, como si cada pétalo luchara por abandonar su cualidad de fragmento al tiempo que reivindicara esa misma condición de parte de un todo; memoria de otra rosa que fue y será, abierta a una nueva existencia, con un impulso conocido sólo por el autor, que muestra lo que quiere sin revelarlo. Exuberantes cuerpos del deseo, estas flores traspasan la sensación de volumen, y parecen luchar con más fuerza aún por salir de los marcos que las subdividen y que, cuanto más estrechan círculos y más numerosos son sus cuadrantes, más alientan la individualidad. Una armonía rota sólo en apariencia, pues estos pétalos y tallos pulcramente delineados están, quizás, indisolublemente condenados a convivir con ese otro chorreado que emborrona e invita a reflexionar.

Seduce la carga simbólica de este expresionismo abstracto, que conjuga los ecos orientales de espacios vacíos de tiempo atrás, donde la referencia naturalista pierde su importancia frente a la nueva construcción de ese instante estético, cuyos pedazos cobran vida en cuanto son pintados por Fernando Álamo y sólo entonces, el volumen respira. Adquiere la dimensión de imagen directa y profunda; en una misma y única obra podemos ver nacimiento, lucha por ser y muerte, todo ello sin perder la belleza del recorrido propio, siempre dispar pero hermoso a intervalos, en cada fragmento de vida enmarcado, a cada paso de ese devenir. Impetuoso, individual frente a cualquier resonancia colectiva de otros jardines ajenos, que sólo florecen con el uniforme de la modernidad puesto.

La realidad global que nos llega llena de acentos, de pequeñas historias, en los pedazos adyacentes unos a otros, y a la misma línea del discurrir que traza Fernando Álamo para inspirarles savia a estas flores, revela el hecho de que construir es deconstruir y viceversa. Así, los diferentes planos logrados dotan de una intensa potencia y expresividad a ese aroma que circula entre las rendijas de la composición, que dirige la línea negra que da forma al color, en unas y en otras. Son encuentros y desencuentros que pinta de emociones la mano apasionada de Fernando Álamo, siempre atenta a la vida que late y que él rompe o arma según la siente al momento. Sus flores son por tanto la celebración de la puesta en escena de la vida, con una fuerza que emana más allá de su aroma y su forma. Colores para una rosa y gestos para el Arte, fragancias para, de nuevo, un mismo cuerpo del deseo.

Flores como protagonistas absolutas que exhiben hambre, sed y amor por esta pasión en un estudio que excede del lienzo como soporte de lo fragmentario, en combinación perfecta, aunque deambule por ese laberinto de retazos de otro tiempo presente, que la propia vida parte momentáneamente. Del mismo modo que si fueran noticias desde y en diferentes direcciones. Y Fernando Álamo siluetea ese nuevo destino para el que sigue siendo su deseo, en armonía precisa con aquella apariencia de espontaneidad del arte, a la que ofrece el nuevo jardín nacido de la experiencia íntima, de la misma rosa que estalla en su interior.

Fernando Álamo coquetea con la memoria vivida mientras estrecha en sus manos la experiencia directa y la reflexión profunda del hecho plástico. Combina en la creación obra y acto, lo mismo una rosa que su fragmentación, separa y une a la vez porque acaso así fundamente lo que pensó presentir; es como la confusión de la línea que delimita y ciñe. En definitiva, una definición poética.


NADIA JIMÉNEZ CASTRO


Una rosa marrón, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.


Una rosa amarilla, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.


Una rosa azul, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.


Una rosa azul 2, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.


Una rosa azul, 2007, mixta/lienzo y tabla, 205x145 cm.


Una rosa magenta, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.


Una rosa negra, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.


Una rosa roja, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.


Una rosa roja, 2007, mixta/lienzo y tabla, 196x142 cm.


Una rosa verde, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.


Una rosa verde 2, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.


Una rosa verde, 2007, mixta/lienzo y tabla, 190x130 cm.


Una rosa verde 3, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.


Una rosa verde-limón, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.


Una rosa violeta, 2007, mixta/papel, 70x34 cm.