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"LUIS MAYO: PINTAR, MORIR"

Del 10 de enero al 23 de febrero de 2008


Nueva York, 2008, temple/tabla, 20x60 cm.

Lo urbano es azul. Franz Smith, pintor hiperrealista de la Gran Manzana desde los años setenta lo sabe bien: azul Della Robia en Lever House, azul eléctrico en los reflejos de la Torre Trump, azul de Delft en las cúpulas de San Bartolomé, fayenza en las ventanas del Racquet Club, flor de lino en el IBM Building, fósforo en el Park Avenue, manganeso para las lunas del Sony. Con la entrada del nuevo siglo Franz Smith decide cambiar de vida: dejar el realismo por las instalaciones, dejar la ciudad por el campo de Nueva Jersey, dejar el azul por otros colores. Tras desayunar temprano y con la maleta preparada está dando un paseo de despedida en una mañana de septiembre bajo las torres gemelas, preciosas en azul glicina. “Aquí jamás veré el rojo y el amarillo”: un avión rasante le confirma en su decisión de abandonar la ciudad, la pintura y el azul.


Mesa del laúd, 2007, temple/lienzo, 162x130 cm. y 97x130 cm.


Mesa del violín, 2007, temple/lienzo, 162x130 cm.


Alejandría. Babel de Antigua, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Melville describe a Moby Dick como el blanco hecho muerte: “en su esencia la blancura no es un color sino la ausencia visible del color y al mismo tiempo la fusión de todos los colores: una vacuidad muda”. Josué Amet ha dejado de comer para reunirse cuanto antes con su esposa. Con una cuchilla va retirando las capas de pintura que durante años ha ido añadiendo en este su último cuadro, camina hacia el blanco primigenio de la preparación. Está dejando también de beber para terminar cuanto antes. Sueña que su cama es una bañera llena de leche y que su pálida esposa le alimenta de su boca tomando de la superficie de la pila en la que se hunden y abrazan. Las poluciones nocturnas de Josué se unen a la celebración ebúrnea. Nieva sobre Alejandría y Josué se deja morir ante esta señal. No sabrá que los copos son del papel destrozado de la Biblioteca que hoy ha reventado un camión bomba.


Atenas, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

El sacerdote ortodoxo que abraza distante a la desconsolada madre es un hombre cultivado, dispuesto a hacérselo saber a todos los deudos: “Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para rezar un responso por Arístides Paprika, joven pintor, muerto en la flor de su edad. En tiempos de Aristóteles, Teofrasto y Doscórides el color, chroma, era literalmente un fármaco pharmakon. En nuestra edad los colores son afines a los explosivos y a los productos alimenticios, y el joven Arístides ha sido un digno hijo de nuestros días. Por eso ha pintado sus cuadros con detergentes caseros, convirtiendo el jabón en pigmento y la lejía en disolvente. En su originalidad casi infantil ha mezclado todos los productos de limpieza de su hogar como si fuera la mejor paleta, y en su entrega al arte no ha dudado en chupar los pinceles para limpiarlos ni en aspirar sus vapores sin límite…”


Berlín, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Nuestro cicerone nos indica que desde la enorme avenida de Karl-Marx-Alle sólo hay un paso hasta el Pergamon Museum, en cuyos sótanos se encuentra el objeto que ha motivado nuestro largo viaje. El anciano arqueólogo retira el plástico de burbujas que cubre una placa de barro del tamaño de un folio. Al principio nos parece un terrario sin animales, pero ahora distinguimos el perfil de una ciudad dibujada con la punta de las uñas. Tiene algo de Corot, es un boceto precioso realizado en frágil albero, apenas compactado. Es un dibujo realizado por Nuestro Señor Jesucristo, uno de aquellos bocetos de los que nos hablan los Evangelistas: Cristo dibuja en el suelo el perfil de su Jerusalén. La grieta que aparece en el Templo de Salomón data el apunte justo antes de Su Crucifixión, unas pocas antes de que Dios muriera.


Bilbao, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

En De lo espiritual en el arte, Kandinsky se enfrenta al gris: “el gris es entonces la inmovilidad, es inasible. Cuanto más oscuro se hace el gris, tanto más se acentúa la condición de inconsolable y la opresión sofocante que provoca”. Hubo en los años 90 en Bilbao un paisajista local que se tomó la construcción del Guggenheim como el final de una era, la suya. Interpretó el cambio del perfil de su ría adorada e industrial como el término del motivo de sus cuadros y de su vida. Decidió entonces morir sumergiéndose en las aguas que había pintado hasta entonces; mientras se hundía en la ría recordaba la composición química de su paleta de grises; mientras nombraba sus colores esos mismos venenos iban entrando en sus pulmones disueltos en las aguas de su industriosa ciudad: el grafito del gris acero, el antimonio del gris estibina, el arsénico del gris medio. Como buen pintor murió envenenado por su motivo, que no ahogado.


Córdoba, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Bermellón en el cuello al sufrir el beso poderoso de su esclava, escarlata en su espalda tras las uñas de su cruel amante, rojo de cadmio en su vientre después del mordisco de su ahora dueña, flor de mercurio en los moratones de sus costillas por el abrazo de su señora, carmesí en los labios que se van tras los labios de esta reina de amor: sobre la arena que será lecho de muerte, el domador relata el ataque de su pantera como si se tratara de un apasionado abrazo entre amantes. Mientras la parca le alcanza en la plaza de toros que acoge el Circo Mundial en esta tarde de primavera cordobesa, el artista aboceta con su propia tinta un perfil de la ciudad sultana, un dibujo carmín de su gineceo postrero. Con su débil suspiro final es incapaz de evitar que el sargento de la guardia civil dispare sobre su negra amante. Sus corazones se paran al mismo tiempo, la mezquita arde en el molibdeno del último rayo de sol.


Cuenca, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Enjuto Castillo era el tipo clásico de artista académico actual; su foto aún aparece junto a este concepto en el Diccionario de Autoridades Artísticas de la BOAM: de una laboriosa estirpe de termitas, aprobó con recomendación una oposición al cuerpo docente de Bellas Artes, participó en una exposición colectiva durante su juventud y recopilando papeles que hablaban de aquella muestra se hizo un currículo que ocupaba un armario ropero. Su fin fue trágico. Un leve temblor sísmico en su Cuenca natal provocó que sus méritos se le vinieran encima: murió aplastado por las dos toneladas de certificados que había atesorado.


Edimburgo, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Quien elogia al Veronés como el pintor de los morados no conoce a Charlie, el hincha de fútbol. Lo que le gusta es hacer moratones, con los puños o con la boca, con chupones prolongados en el cuello de sus novietas, hasta que se hartan de sus libaciones y le dejan por un patán menos brutal. Con Sally encontró la horma de sus besos violetas. Ella se dejaba dibujar en el cuerpo el mapa cobalto de su Edimburgo natal, pero con una condición: que Charlie hiciera de intermediario entre ella y su novio formal, un marine de Alabama recalado en UK. Pese a ser homófobo y racista declarado, el hooligang aceptó el trato. En la cama los tres, ella imaginaba que el drácula aficionado era un coeficiente de reducción que le permitía gozar de su verdadero amor sin los rigores de la desproporción corporal, el marine fantaseaba con que atravesaba un cuerpo hasta llegar al de su amada y Charlie aceptaba sus moratones internos con tal de disponer de un cuerpo que tatuar con su boca, aunque para lograrlo hubiera de soportar un voluminoso tatuador interno. Dentro de cinco meses el arma reglamentaria del soldado terminará, de un solo balazo, con los dos del trío–en rigor dos y medio- que empezaban a hacer planes de futuro sin él.


Florencia, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.


Gante, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.


Granada, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Más que pintor amante, Granada era sólo el telón de fondo en sus cuadros de desnudos, y sus telas sólo una excusa para conocer a las más variadas modelos. Su fama de pintor romántico durante la Primera República sólo era el pasaporte para tener acceso a los dormitorios femeninos que convertía primero en su taller y luego en su guarida. “-¿Cómo es usted capaz de captar tan hábilmente los matices de las carnaciones de sus modelos y de los celajes de Granada?”.“-Pues trabajando duro, amigo periodista”. Literalmente: apretando el cuello de sus amantes para provocar el rosa purpúreo, azotándolas para ver brotar en la piel los tonos ricino, sándalo y rodonita; regalando topacios y turmalinas para acceder a los cuerpos escurridizos, con festines de salmón y salsas de frambuesa y granadina para llegar al vientre de las damas esquivas. Murió en un baño de mercurio a manos de Venus.


Sabrata, en Libia

La templanza en la pintura se extiende como un bálsamo dorado: la comuna de artistas Neo Nazarenos trabaja duro, se desplaza por el desierto de Libia en su 4x4 buscando motivos para pintar. Discuten si el paisaje que han encontrado es adecuado al manifiesto que han redactado, hacen una puesta en común sobre los valores cromáticos que divisan y discuten sobre la simbología implícita en el terreno hasta la hora de comer. El almuerzo es una fiesta para los sentidos en esta primavera mediterránea en el sur del Mare Nostrum. Durante la siesta preceptiva el sueño se endulza con caricias y besos entre todas estas almas que comparten su pasión por la pintura. El placer de los cuerpos en reposo se prolonga dentro de la tienda de campaña hasta la media tarde: entonces deciden que es algo tarde para empezar a pintar y se preparan para la cena con un baño en las calidas aguas de una playa cercana. Una tormenta de arena los enterrará en oro sin que se despierten siquiera. Así transcurrieron los días de los Neo-Nazarenos: pintando, o casi.


Limburgo, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.


Lisboa, 2008, temple/tabla, 20x60 cm.


Liverpool, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Blackie Schwarzlot es el pintor del Liverpool fabril, de la ciudad sin los Beatles. Los pintores llaman negro animal al color que obtienen triturando y pulverizando los restos de la calcinación de huesos, cuernos y marfil. También dicen negro de huesos, o color ala de cuervo. El dolor de repetir las tareas mecánicas en la fábrica, la alienación que no está en los libros sino bajo la piel, las huelgas perdidas, esto sabía pintar Blackie. A los cuarenta triunfó con sus paisajes de hollín y entonces se aburguesó. Cobró conciencia de su traición y decidió volver a sus orígenes convirtiéndose en color. “Negro a baño lleno” es un expeditivo proceso que consiste en disolver carne en ácido sulfúrico, bicromato potásico y clorhidrato de anilina. Con este procedimiento el pintor se hizo color: azabache, astracán, brea, fuel oil, abedul, carbón, hierro, hollín, carbonilla, humo, plomo, vapor, volcán, pasas y olivas, pimienta, jabalí, tabaco, negrura, toro.


Londres, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Ganador del Premio de la Crítica a los treinta, con miles de proyectos artísticos bulléndole en la cabeza es, genio querido por todos los artistas vivos, un caso infrecuente. Sano como un toro, el equipo femenino de natación olímpica del Reino Unido le espera en su ático del centro para beber una caja de champán francés sobre su cuerpo. Esta misma tarde su galerista le ha comunicado que ya tiene un cheque de cuatro millones de libras firmado por el director de la Tate M. con la única contrapartida de que disfrute haciendo la obra que ya de antemano le compran. Sus padres, (clase obrera del metal en Leeds) están locos de contento en la nueva casa que les ha regalado por Navidad. Su novia de toda la vida es ahora su amada esposa y espera una criatura para septiembre. Él es un artista totalmente feliz. Sube la escalera de la Torre de Londres a grandes zancadas. Llega a la cima sin resuello. Salta. Cae contra el suelo. Muere. De éxito.


Madrid, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Dicen que tienes veneno en la piel, y es que estás hecha de plástico fino, dicen que tienes un tacto divino y quien te toca se queda con él”. Radio Futura escribe la poesía en el Madrid de los ochenta. Las tiendas de gominolas resumen la nueva idea del color que asume ahora el famoso crítico de arte H. L. D. Se terminó la pintura de grises inefables, llega el arte de los colores vivos. “Las chuches gozan de mejor paleta que Beruete” escribe en La Luna este renegado pintor, hoy famoso y precoz crítico de arte. “Prefiero el rosa chicle de los peta zetas al rosa ópalo de Rosales”: tras un atracón de nubecitas una diarrea fulminante por intoxicación alimentaria le conduce a La Almudena, “treinta y tres su temprana edad” dicen en la radio. Después sigue la poesía de Radio Futura: “Te crees que eres una bruja consumada, y lo que te pasa es que estás intoxicada, y eso que dices que ya no tomas nada, pero me dicen por ahí que sí, que sí”.


Marraquech, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Apartada de todos en este hito del mar Mediterráneo se tuesta al sol Ágata Ceñudo, pintora iracunda, fiera prisionera de su enfado con el mundo. No hay nubes en el cielo, pero ella lo percibe de polvorienta granza: son sus ojos inyectados en sangre los que le juegan esta mala pasada. Tan enfadada y tan justa que su piel color persa pétalo está marrón de enojo. No es el sol quien lame su piel desnuda sino su fuego interior que en estas playas desiertas continúa hirviendo en su alma, ahora fucsia y dura como un jacinto. ¿Qué fue del candor tenue de aquella flor de pitiminí, rosa de Jericó, rosa de rejalgar, clavellina, cereza de carne chicle, dalia rosa de té? Se agostó en las trampas de los circuitos del arte, se abrasó en las injusticias de los feriantes. Sus manos extienden ahora crema solar sobre la carne quemada desde dentro. Es este acné amaranto el síntoma de una úlcera de estómago que la matará en dos años, a ella, símbolo de la pintura verdadera, almendro de dulces flores hoy convertidas en duros frutos estériles, iconos de la justa ira. Que su muerte pese sobre quien corresponda.


Moscú, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

“Rojo - cresta de gallo – sangre - clavel – cerezas”: este es un poema de juventud de Olga
Stolichnaya. Poetisa veloz, pintora revolucionaria, dicen que fue amante de Stalin. Durante el Segundo Aniversario de la Revolución de Octubre cruzó la Plaza Roja como lady Godiva, sobre un caballo blanco y con una bandera encarnada como capa: su cuerpo desnudo al galope cruzando la Plaza Roja, su melena rubia como una centella de los soviets. Cuando el Padrecito comenzó con las purgas los artistas sensatos, amantes de la vida, se transformaron en retratistas y abrazaron el realismo socialista. Ella, en el lecho del Oso, siguió siendo una artista cabal y una amante con uñas y dientes. “Un cuadro rojo como una bandera es una bandera, quien corta un cuadrado de tela roja es un artista y un político”. Este es un último verso de Olga, palabras que la conducen al paredón durante las purgas del 36. Para mayor escarnio el comisario político se empeñó en fusilarla como lady Godiva; los soldados del pelotón no lo consintieron y la cubrieron con la bandera roja de su batería. Cuando también ellos fueron pasados por las armas su bandera ondeaba con siete agujeros de bala en el corazón de la Madre Rusia.


Munich, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

La envidia y no la lujuria es lo que llevaba a Otto Muller (pintor de éxito durante los sesenta) a romper las parejas de todas sus amistades. Otto no era escrupuloso al envidiar, lo envidiaba todo: fama, talento, sufrimiento, enfermedades raras, dinero. Su manera de actuar, siempre la misma: a quien le envidiaba le robaba la pareja. Más que buen amante era un mínimo común múltiplo, ponía en común prácticas apreciadas por su círculo de envidiados, de modo que al término todo el grupo de los muniqueses, como les llamaban en la revista Arteforum, compartía un restringido Kama Sutra germano. Muller se convirtió a la postre en una víctima de su envidia, ya que acumulaba parejas e hijos heredados. No podía dejar de pintar y no podía hacerlo con detenimiento; necesitaba mucho dinero para mantener los frutos de su envidia. Un verano fue a ver a un coleccionista con intención de venderle un cuadro directamente y quedó atrapado en el ascensor. Todos de vacaciones, no quedaba nadie en todo el bloque de pisos y en 1967 no había móvil: una muerte lenta y veraniega.


Padua, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.


Praga, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.


Quebec, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

En una época en que el color malva hacia las delicias de la reina Victoria, la malveína -venenoso tinte hoy prohibido por Sanidad- se extendió por Canadá: todo aquel que se considerara miembro de la sociedad debía tener una prenda malva, teñida con este cancerígeno pigmento. En ese tiempo la artista Sophie Hammer había dejado de ser la pintora de moda: con sus paisajes ricos en sombras moradas, ya no recibía la menor atención del público, así que se dispuso a morir de olvido. En la umbría del más crudo invierno se despojó de sus prendas de abrigo y se sumergió en el margen de la bahía en que en verano la chavalería se reúne a nadar (ella tenía pintado este paisaje). El malva volvió a ser su color, de nuevo la gente se centró en su persona. Toda la sociedad habló del color amoratado de su cadáver, del violáceo de sus labios, del carmesí pálido de sus muñecas, del gredoso de sus tobillos. Al cabo de una semana volvieron a olvidarla. El ceniciento de Tiziano da paso al verde de Grunewald.


Roma, 2008, temple/tabla, 20x60 cm.

Del diario de Andrea Rienzo, pintor maldito, muerto desangrado en Villa Borghese en 1840:
“enamorado de mi hermana Laura, la tomo sólo por la puerta que permite a la prostitutas de Ostia mantener su virginidad tras años y años de duro oficio, todo me duele y no quiero perpetuar el linaje que mis pecados convierten en el final de una saga… mi madre Roma se venga de mí en mi hemofilia y me araña mientras la pinto. Me hace caer y mi sangre perdida se hace terra sigillata, me rasga las rodillas e imito con mi ralea las coloraciones bermejizas de los frescos de Herculano, me he de batir en duelo con el prometido de mi amada y se que seré yo quien tinte la tierra de tu jardín, madre Roma, con rojo pompeyano de mi propia cosecha…”


Salzburgo, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.


Segovia, 2008, temple/tabla, 20x60 cm.


Sevilla, invierno, 2007, temple/tabla, 18,5x60 cm.

Pintora del Guadalquivir en ámbar y azufre, obsesionada con el reflejo amarillo del sol en el agua, enamorada del fino, libando manzanilla hasta creer que el río es un caudal de mosto, que es el vino el que da su color alimonado a las teselas de las fábricas de Triana, la transparencia dorada a las azulejerías de la presente Isbiliyya, borracha concienzuda y pintora sólo cuando el alcohol le ha calentado lo suficiente la bilis, con una paleta rica en Nápoles, cadmio, Marte, reseda, cromo, alizarina, índigo, almez y pobre en los demás colores, Gualda Ópalo murió bebiendo, pero no un Barbadillo como tal vez hayáis sospechado, sino un zumo de limón helado (eso por cuidarse después de los cuarenta).


Tamerza, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Esta ciudad del Sáhara tunecino es la que eligió la pintora María Luisa Valverde para morir. Ella se había definido ante la prensa como “artista más hedonista que realista”. Un poco cansada de la vida y super hastiada del mundillo del arte se retiró con sus efebos a este paraíso en la tierra, y parece que ahora ha llegado el momento de que la abeja reina deje la colmena viuda y huérfana a la vez. Para ello prepara un banquete que es el último, y no sólo para María Luisa. El festín es en verdes: palmitos, lechugas, pescados en salsa, tartas de limón, sorbetes de lima, peras y manzanas, carnes rebozadas con falafel verde, galletas de menta, vinos y tés esmeraldas, mojitos con hierbabuena. La mesa parece un jardín; aunque un vergel venenoso. Porque la verde Luisa no quiere dejar sola el aburrimiento del mundo y las más venenosas tinturas de cobre, de silicato, de arsénico y azufre (todas verdes) están añadidas a cada manjar. Sus niños amantes locales y sus admiradores venidos del circuito del arte mundial la acompañarán como a una faraona en su cámara mortuoria.


Toledo, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Malaconsejada por quienes en los años 60 anunciaban la muerte de la pintura figurativa con jerga semiótica, la paisajista Lola Vega decidió matarse pintando: cada una de las pinceladas con las que Lola cubría el aparejo del lienzo era una palada sobre su propia tumba. En su decisión de morir cumpliendo su vocación, a cada toque en el cuadro correspondía un brochazo sobre su propia piel. Su pericia como pintora le permitía manejar una paleta tal que le sirviera, con las mismas tonalidades, para representar de la forma más bella y veraz la ciudad amada y su propia carnación. Sobre el cuadro el violeta de cobalto, el amarillo de Nápoles y el blanco de plomo construían la ciudad; sobre su piel eran dosis de veneno que acabaron matándola. Cuando el forense se enfrentó al cadáver, descubrió que la piel sonrosada que creía natural era un mortífero maquillaje que con su química cromática había consumido la verdadera piel de la más bella de las artistas.



Venecia, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.


Viena, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

1907, aniversario: El pintor simbolista Gustav Cesius está pintando su último cuadro, los músicos de Bremen. Usa como modelos a una niña en el papel de gallo, a una joven como gato, una mujer para el perro y a una señora como el asno. Todas rapadas, sólo visten pelucas neo-egipcias que simulan los atributos de cada animal. Al final de cada una de sus espaldas un vástago de caucho coronado de plumas o crines se hunde en sus cuerpos, deformando sus andares. Cuando el cuadro está concluido, el pintor las manda acercarse andando a cuatro patas: primero la anciana que extrae de él la poca blancura que le quedaba; después la mujer que utilizando un punzón oculto en la goma de su vástago revienta los ojos ya inútiles del pintor. La joven, con el cuchillo que ha portado dentro de su cola, corta la yugular del pintor, que dirige exangüe la ceremonia de su extinción. Por fin la niña agujerea el hígado del anciano y la bilis dibuja vetas en un suelo encharcado que parece ébano de Macasar. Al mismo tiempo -en París- un pintor español firma las Señoritas de Avignon, otro cuadro de prostíbulo.


Zurich, 2007, temple/tabla, 20x60 cm.

Como si estuviera bruñendo la plata, tarda mucho en pintar, cada vez más. El barniz de sus veladuras es como un azogue argenta. Los dedos se le pegan al pincel con la laca de retoque, las moscas se quedan atrapadas en la pátina y la pintora con ellas. Sara, su amante, aún continúa con la rutina de servirla el té mientras pinta: Sara se agacha y su escote se abre y deja ver su camisa, de la que aflora un aroma a jazmín que en tiempos le provocaba una reacción apasionada. La pereza y la lentitud de su obra la devoran, Zurich avanza más deprisa que este su último cuadro. Hoy por fin se ha dado cuenta de que ella es una araña atrapada en su propia tela: morirá pegada a este último cuadro.