L´ARBORE DI DIANA
Ramiro se dirigió a Madrid, al Teatro Real, para vivir allí las entretelas de la música de don Vicente Martin i Soler. Siguiendo una vieja tradición capitalina, las tres ninfas del reparto fueron las anfitrionas de una cena en homenaje al pintor. Entre las damas se despertó un embelesamiento por él y unos celos feroces hacia las otras jóvenes: bellas como flores y fieras como un tigre la conversación derivó en un duelo de requiebros. Las metáforas de las hadas se hicieron cada vez más abruptas, dejando a la imaginación poca sensualidad qué adivinar. La batalla galante más encarnizada se libró bajo los manteles en un cruce de seis pies femeninos que cubiertos sólo con la fina seda de sus medias buscaban, liberados de sus vertiginosos zapatos de suela roja, los pies, las piernas, las rodillas y alturas aún mayores de la anatomía de Ramiro. Como un sensual dragón de seis piernas las jóvenes peleaban en esforzado silencio por acariciar con sus dedos, lindamente decorados con uñas pintadas de negro, rojo y rosa (los pares de pies de Diana, Amore y Britomarte respectivamente) el deseado e inadvertido cuerpo del pintor.

El árbol de Diana II, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

El árbol de Diana , 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

El árbol de Diana, 2009, acuarela/papel, 30x21 cm.
DER ROSENKAVALIER
La princesa está en actitud pensativa ante el espejo. Desprecia a su grosero primo que se casa con una bella Cenicienta, pura y demasiado buena para aquel viejo verde que incluso cree que tiene algo que perder. Mira el reloj de bolsillo abandonado sobre su cama y retrocede en el tiempo. ¿Acaso ella misma no fue una niña inocente a la que sacaron del convento para casarla? ¿No es ahora su marido un viajero a quien apenas conoce, siempre ausente? Se contempla largamente en el espejo y casi no reconoce aquel rostro triste que la mira. Las primeras arrugas, los ojos inteligentes que han visto y han llorado mucho: la joven que ella fue ya no existe. Y sin embargo, ¿no sigue teniendo el mismo corazón? Antes, la pequeña Resi, ahora, la princesa madura... ¿Cómo permite Dios que la vida se desvanezca de un modo tan cruel? Si al menos impidiera que tuviese aquel aspecto al envejecer... De lejos aflora una melodía. La música es otra vez ligera y alegre, como si quisiera subrayar las palabras de la mariscala: “Todo ha sido una mascarada vienesa y nada más”. Al terminar la representación, Ramiro abandona el palco sin despedirse de las autoridades y se dirige con paso decidido hacia el camerino de la cantante. El pintor lleva oculta en su mano una rosa de plata.

El caballero de la rosa , 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

El caballero de la rosa , 2009, acuarela/papel, 57x42 cm.

El Liceo, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

El LiceoII, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

Una noche en la ópera, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.
EL RAPTE EN EL SERRALL
En una animada tertulia musical, Ramiro manifestó que su pasaje favorito de El rapto del serrallo estaba protagonizado por el caballeroso Bajá, cuando le dice a Belmonte: "Llévate a Constanza, date a la vela hacia tu patria, y di a tu padre que te he tenido en mi poder y que te he dejado libre para que él sepa que es mayor satisfacción pagar una ofensa con un beneficio que amontonar ruinas sobre ruinas". Para mí la escena culminante es el cuarteto del segundo acto: en clave de farsa los cuatro enamorados se hallan por fin reunidos, pero una molesta sospecha martiriza a los dos varones, que acaban por expresarla: Belmonte con extremada delicadeza, Pedrillo con su incorregible vulgaridad. Los dos querrían saber si en el serrallo han hecho valer sus derechos de propiedad sobre ellas. La escena se desarrolla con deliciosa simetría dieciochesca: Constanza se estremece, púdica; Blonde atiza una tremenda bofetada a Pedrillo, después de lo cual los dos hombres se confiesan convencidos y obtienen el perdón de las damas. Quizá el lector comparta conmigo un secreto anhelo: que la escena termine haciendo las paces con una cama redonda protagonizada por el cuarteto. Lamentablemente, estos finales se dan muy raramente en la ópera y en casi ninguna ocasión en la vida real.

El rapto en el Serrallo , 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

El rapto en el Serrallo II, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.
EL REI ROGER
A Sicilia se encaminan los pasos de Ramiro, para recrear el escenario de Król Roger. Visita a la luz de la luna las ruinas de Taormina, y aquí el pintor descubre el equilibrio inestable de esta ópera: el sonido lejano de una trattoria, el rumor alegre de los comensales; las sombras de la noche en el puerto le hacen pensar en Karol Szymanowski, aún sin terminar la partitura, al que imagina leyendo a Nietzsche. Ahora es el olor a incienso que asciende de un templo cercano el que hace soñar a Ramiro, que imagina a un anciano orando a la luz de una vela. El pintor piensa en la forma en que colocan las manos para rezar los musulmanes, los judíos y los cristianos: todos ellos parecen construir con su postura un libro imaginario, un libro más o menos cerrado que contiene la palabra de Dios. De pronto, Ramiro tropieza y cae, parece que va a precipitarse ladera abajo. Afortunadamente un arbusto de acanto frena su caída, sin un rasguño. Su mano derecha reconoce con sorpresa una superficie lisa en medio de los riscos. A la luz de la luna descubre un bello fragmento de cerámica, la panza de un ánfora azul y blanca dedicada a Dionisos.

El rey Roger, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

El rey Roger II, 2009, acuarela/papel, 30x21 cm.
IL TROVATORE
El hermoso cuadro de Azucena con un pajarito que ahora admiramos casi no ve la luz debido a la aprensión que provocó en el pintor imaginar en el vientre de una nave espacial a la gitana, todo por culpa del futurista Teatre la Llotja. El amable equipo teatral leridano tuvo una idea para reconciliar a las musas con nuestro artista: la noche previa al estreno visitaron un local a las afueras donde se canta flamenco del bueno: Manrique de Luna se había arrancado por fandangos, insuperable. De pronto, un japonés abandonó su puesto de turista y se colocó al lado del cantaor gitano. Con un temple que igualaba el del sevillano comenzó a cantar al compás, en un lenguaje ininteligible y con un arte calcado al de Manrique. Con mano firme Manrique ordenó que nadie le interrumpiera. En la primera fila una mujer rompió a llorar, desconsolada. Era Francisca de Camas, la cantaora a la que, en el clamor de la ovación, nadie escuchó confesar que los dos hombres sobre el tablao eran sus hijos: por la voz había reconocido a aquel recién nacido –fruto de la pasión con un samurai en su gira por lejano Oriente- que ella abandonó en un hospicio de Osaka. Entonces las musas volvieron a Ramiro: el retrato es fidedigno semblante de la doblemente artista y madre.

El Trovador, 2009, acuarela/papel, 30x21 cm.

El Trovador, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

El Trovador II, 2009, acuarela/papel, 30x21 cm.
DOÑA FRANCISQUITA
Los desvelos de Ramiro no se quedan en la vivencia de la ópera desde dentro, desde bambalinas, desde el corazón de los tenores. Va más allá: para pintar las obras que asumen Doña Francisquita visitó el Museo del Prado, desviviéndose entre Goya y Vives, descubriendo en ellos un diálogo que es la conversación inmortal de las musas valedoras de las Bellas Artes. La duquesa de Bramantes es sin duda el cuadro que sirvió para inspirar la figura de Aurora “La Beltrana”. En la partitura de música que porta la noble castiza coronada de flores descubrió nuestro pintor la procedencia cierta de la canción del ruiseñor. Ramiro –en su atenta inspiración de los clásicos- descubre la fuente decimonónica que inspiró a Vives en una pintura a la vista de todos. Los pintores, con su mirada atenta, no solo representan el mundo, -la ópera-, de un modo que revela sus sonidos como sólo los ojos pueden captar. Además, con esa vista despaciosa, los pintores son los mejores historiadores, los únicos críticos que merecen fe, los mejores amigos para los coleccionistas fervientes. Sólo me queda envidiar amorosamente a los afortunados compradores de los óleos y acuarelas que componen la mejor exposición de Ramiro Fernández Saus.

Doña Francisquita, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

Doña Francisquita, 2009, acuarela/papel, 30x21 cm.
PIKOVAIA DAMA
Dos años después de la caída del Muro de Berlín, Ramiro visitó San Petersburgo, escenario del estreno de La dama de picas, en 1890. Mientras imaginaba el sonido de la ópera recostado en una estival pradera, tres oficiales rusas le piropearon sin miramientos, como si fueran la materialización de los tres naipes que dan y quitan fortuna en la ópera que nos ocupa. Las capitanas decidieron jugarse a Ramiro en una partida de ruleta rusa. Aquel día de agosto de 1991, en la habitación del babélico hotel Stalin, en la habitación 103 del piso 24 que ocupaba el pintor, una rubia y altísima artillera del submarino atómico Estrella Roja hizo girar su revolver sobre la mesa. Sólo una de ellas quedaría con vida para gozar de los encantos del artista español que sin él pretenderlo les había seducido. Antes de que la pistola dejase de dar vueltas, llegaron alarmantes noticias desde Moscú: el Parlamento estaba cercado por blindados y las jóvenes oficiales debían incorporarse a sus destacamentos. La presente exposición ha conducido a Ramiro al mismo hotel: las mujeres le estaban aguardando para terminar la partida. El tiempo inexorable ha convertido a las soldados en inversionistas y la ruleta rusa en strip póker: la partida la ganó Ramiro

La dama de picas II, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.
LA FILLE DU RÉGIMENT
Las tres obras que el pintor refiere a la ópera donizettiana están inspiradas en una aventura de juventud que Ramiro Fernández Saus vivió durante su servicio militar como guardamarina en el Juan Sebastián Elcano. Durante una escala en Marsella mantuvo un inocente, fugaz y etéreo romance con una estudiante italiana en tránsito entre sus caros colegios de Suiza y Francia. Carla, cautivada por Ramiro, le expuso sus inquietudes. Lo que ella más deseaba era ser cantautora, y aunque no tenía muy buena voz ni tocaba muy allá la guitarra, la vocación artística le hacía realmente feliz. Sin embargo, la ambición de la joven italiana le llevaba a la enfermiza idea de casarse con un hombre poderoso tras otro, para obtener no tanto poder como el cariño de las masas. Ramiro utilizó el argumento de La fille du Régiment como un fábula moral para que la hoy célebre Carla se decantara, en principio, por la carrera musical. Ramiro sintió que la ópera de Donizetti era bella también por haber ganado una vocación para el arte. Acontecimientos recientes -conocidos por todos- han llevado a Carla a entonar el "Salut à la France" en palacios oficiales. Como Ramiro es hombre de mundo descubre que tal vez el camino elegido finalmente por su novia de juventud tenga su lado dulce.

La hija del regimiento, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

La hija del regimiento, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

La hija del regimiento II, 2009, acuarela/papel, 30x21 cm.
LES MAMELLES DE TIRÉSIAS
El teatro Arriaga de Bilbao había milimetrado una magnífica adaptación de esta obra que dura una hora y diez minutos. Sorprendentemente sólo se previeron dos representaciones. Sintiéndonos unos privilegiados, Ramiro y yo asistimos cautivados a ambas funciones, en este teatro bonito como una caja de bombones. Al salir de la última, un hombre saludó disgustando a nuestro anfitrión, el director artístico del Teatro. Nuestro amigo nos explicó que aquel señor era un escenógrafo aficionado y un loco de la vida, herido porque no había recibido apoyo desde el Arriaga para representar esta ópera bajo la ría, utilizando un pequeño submarino, de los que llaman de bolsillo. El cambio de sexo de los protagonistas se habría descrito tiñendo el agua al nado de los cantantes, de rojo cuando estuvieran en el papel varonil y de amarillo de Nápoles cuando fuesen mujeres. El aumento de la natalidad se habría mostrado con bancos de sardinas liberadas bajo cada uno de los puentes. El público habría asistido a la representación caminando, siguiendo el lento discurrir de la nave subacuática: la música burbujeando desde debajo del agua y los potentes faros del ingenio desvelando el fondo nunca visto completaban una demencia que habría enamorado a Guillermo Apollinaire.

Les Mamelles de Tiresias, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

Les Mamelles de Tiresias I, 2009, acuarela/papel, 30x21 cm.

Les Mamelles de Tiresias II, 2009, acuarela/papel, 30x21 cm.
TRISTAN UND ISOLDE
El productor de las segundas partes de Ciudadano Kane y de La diligencia nos invitó a su mansión de corte italiano en las afueras de L.A. El excéntrico millonario –que odiaba la ópera- creía que Tristan e Isolda narraba puntualmente su vida. Las peleas con su esposa a la tenue luz de la luna (háganse idea mirando el magnífico cuadro en la sala) y bajo el hermoso brillo del sol californiano debían terminar como en el drama cantado. Exigió a Ramiro que desempeñara el papel de Brangania y, entregándole un bello búcaro lleno de veneno le pidió que, -a la vuelta de un paseo en yate-, les suministrase la muerte, primero a su persona y luego a su amada esposa. Ramiro se espantó del horrible y criminal encargo. Temeroso de que el potentado diera en su empeño con un desaprensivo, urdió una estratagema: sustituyó el cocktail de LSD, heroína y arsénico por el cisco de un par de pildoritas azules de éstas que ahora causan tanta sensación. De este modo Ramiro reescribió, al menos en la vida del rico americano, el final de Tristan e Isolda. El pequeño óleo de Watteau que adorna el gabinete de lectura de la casa de Ramiro en Sabadell es regalo de un productor cinematográfico henchido de gratitud.

Tristan e Isolda II, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

El buque fantasma, 2009, óleo/lienzo, 60x43 cm.

Sonámbula, 2009, acuarela/papel, 30x21 cm.

Otelo, 2009, acuarela/papel, 30x21 cm.

Entreacto, 2008, óleo/lienzo, 47x38 cm.

Conversación, 2009, óleo/bronce, 16x25x11 cm.

Prisionero, 2009, óleo/bronce, 27,5x22x9 cm.