Últimas exposiciones:

Exposiciones:

DAMIÁN FLORES LLANOS: Gran Vía

Del 14 de diciembre de 2010 al 29 de enero de 2011


Chaves Nogales, 2010, óleo/tabla, 50 cm.

En este año de centenarios, un artista como Damián Flores no podía sustraerse al influjo de las conmemoraciones granviarias. Si en sus anteriores exposiciones dedicadas al racionalismo, la Gran Vía era el espacio en el que situaba muchas de sus obras --recordamos especialmente sus Capitoles, sus bares (Chicote, Tánger o Zahara) y tiendas (Rekord) o alguna Telefónica--, en esta exposición presentada en la Galería Estampa, su habitual templo madrileño, los trabajos se centran de manera exclusiva y novedosa en la avenida capitalina, en una aproximación que combina contemporaneidad y memoria. Es una doble visión que muestra una imagen plural de la principal calle capitalina mediante referentes de diferentes épocas, a modo de hitos históricos. Es también un recorrido personal, pleno de símbolos, de contextos y personajes, que recoge la historia de la calle, que es lo mismo que decir de la ciudad y del conjunto del país, pues la Gran Vía fue el epítome del Madrid moderno, por no decir de la España moderna, hasta hace unos años, los todavía cercanos ochenta. Fue la calle en la que como dijo alguien, creo que un belga, el olor del asfalto era imperial y donde la vida se parecía a la de otros lugares que solo se conocían a través del cine y del fotograbado del “Blanco y Negro”. Esta cualidad de escenario de lo cosmopolita y de enclave de lo avanzado de la ciudad, que tanto añoraba Fernández Flórez en su refugio de la embajada argentina en los largos días de la guerra, es lo que caracteriza al mundo de Damián Flores que aparece en las obras presentadas en esta nueva convocatoria de la Galería Estampa.

En alguien en quien alienta una arquitectofília esencial y en el que la memoria es un elemento determinante, no podía quedar orillada la Gran Vía, el principal escaparate de la arquitectura madrileña del siglo XX. La construcción de esta calle era una empresa urbanística que expresaba el compromiso de cambio de la ciudad y el símbolo de los nuevos tiempos, el espacio a partir del cual se identificaba a Madrid con otras ciudades, y en la que se simbolizaba lo moderno. Durante un tiempo, Madrid, en la Gran Vía, era como Berlín o Nueva York, aunque en doméstico, en manchego. Era lo moderno en un contexto castizo que se adivinaba a unos pocos metros de los rascacielos, de los rótulos de tipografías desconocidas y de las luces coloridas de los neones, y cuya combinación daba lugar a un ambiente que ejercía una indiscutible atracción sobre quienes vivían en la capital, pues es grande la lista de las víctimas cobradas por el casticismo madrileño en la literatura y en el Arte Nuevo, de Ramón a Edgar Neville, pasando por los verbeneros Maruja Mallo y Ernesto Giménez Caballero. La Gran Vía simbolizaba esa mezcla de vanguardia y casticismo, de corrala y Capitol, que caracterizaba a quienes participaban de lo nuevo en la capital. No es de extrañar que desde su aparición, y a pesar de la competencia del eje de crecimiento zuaziano que representaba la Castellana, siguiera siendo por decenios, como si fuera la letra de un chotís, escenario de la innovación y vitrina de lo actual.

En las pinturas de esta exposición, Damián Flores insiste en la poética arquitectónica que ha desarrollado con anterioridad en las obras dedicadas al racionalismo madrileño y a paisajes arquitectónicos y urbanos tan dispares como los surgidos de viajes, cargados de referencias artísticas y literarias, a La Habana, Galicia, Lisboa, la académica Italia, o de su morandiana estancia en Nueva York, que dio lugar a un exposición que podía haberse llamado “Damián en América”. No es de extrañar que en estas obras granviarias predomine la arquitectura, que no es lo mismo que los edificios, pues, con acierto, el artista prefiere el detalle que expresa el estilo a la totalidad de la construcción. En su pintura, recupera realidades desaparecidas que remiten a los años veinte y treinta --los de la Edad de Plata y el racionalismo tan querido por DF--, como el Bar Automático Tánger, el primer autoservicio madrileño, el garaje Chrysler Seida, en el que, entre otros, expuso Moreno Villa en 1927 sus pinturas y grafúmos, la rascaciélica Telefónica, el primer edificio digno de esta consideración construido en Europa, el Palacio de la Prensa visto desde una insólita perspectiva, o el mítico Capitol, el “faro de Madrid” y buque insignia de la Nueva Arquitectura en la ciudad, desde entonces inseparable del entorno, que siempre emerge del subterráneo estudio damianesco en alguna de sus obras. Ahora, al tiempo que vuelve a recoger la espectacular marquesina, aunque con paseante, incluye una delicia ovalada dedicada a la cafetería original del también llamado edificio Carrión.

La realidad de la Gran Vía durante la Guerra Civil, convertida, según los tramos, en una avenida de los muertos o en un Broadway revolucionario donde triunfaban “Chapaiev” o “Los marinos de Kronstadt”, todo pasado por la literatura, también interesa a Damián Flores. La obra titulada “Ataque aéreo”, en la que aparecen a las puertas de la Telefónica diferentes personajes --milicianos, militares y guardias --- entre sacos terreros, es casi una secuencia de “La forja de un rebelde” o de un documental de Roman Karmen, mientras que el lienzo “Madrid noviembre de 1936”, un paisaje de ruinas en el que destaca la fachada de la Telefónica en el otoñal skyline madrileño de la guerra, donde apenas se intuye una amenazadora escuadrilla de Junkers franquistas, es un homenaje a los fotógrafos de aquí que, como Juan Pando, Alfonso o Santos Yubero, recogieron el conflicto, aunque sin la fortuna del equipo Capa-Taro. Otra cosa es el “Blindado cubista”, obra en la que DF convierte a un vehículo militar dirigiéndose al cercano frente de la Casa de Campo cruzando la avenida, en una naturaleza muerta a partir de unos volúmenes imposibles que parecen diseñados por Oteiza, pero que se integran en el entorno como si fuera una escultura.

Luego se ocupa de los autárquicos cuarenta, con esa fachada del primer Loewe, en la que el rótulo es todo, que convierte a la Gran Vía por un instante en la Rue Saint Honoré y donde, según la leyenda urbana, el Che Guevara compró dos pañuelos, uno para su madre y otro, en un alarde de galantería, para la dependienta, o esos tranvías cargados, nunca mejor dicho, hasta los topes de pasajeros que a pesar de lo coral, recuerdan los versos de Ángel González: “Aquí, Madrid, entre tranvías y reflejos, un hombre: un hombre solo”. Están también colgados fragmentos de los años cincuenta, los del benetiano otoño madrileño y el Gijón de González Ruano, en los que el anuncio de Camel en el Capitol de nuestra infancia y la Torre de Madrid, donde se daba la bienvenida a Eisenhower con neones verdes que repetían “Ike, Ike”, advertían del desembarco americano. De nuevo son años de brillar de neones, en los que la Gran Vía acoge, en un ambiente berlangiano de Pasapogas, limpiabotas, cines y apariciones de Ava Gardner, obras de la arquitectura moderna. Es el caso del edificio de Galerías Preciados, de Luis Gutiérrez Soto, finalizado en 1956, que transforma la Plaza de Callao, sentenciando de paso al vecino y glorioso Hotel Florida, capaz de sobrevivir a una guerra y al enfrentamiento entre Hemingway y Dos Passos, con José Robles por medio, pero sucumbiendo a la especulación y a los grandes almacenes. En estos años, Madrid otra vez quiso ser Nueva York, olvidándose de unos suburbios que fueron de ferrocarril, de ramonianas Villa Rosa y calle Pinar y que ahora, en paisaje de latas y cristales rotos frecuentado por Martín Santos e Ignacio Aldecoa, eran de chabolas de mano de obra rural que actualizaban la miseria preindustrial del barrio de las Injurias en el extrarradio de Palomeras.

En esta muestra de la Galería Estampa hay también un espacio dedicado a los homenajes que el artista lleva a cabo habitualmente en sus exposiciones, dando lugar a una personalización que completa su poética arquitectónica. Así, junto a alusiones a la intimidad familiar, como la incorporación de la pequeña Cloe, feliz y caramelizada, a un paisaje granviario que le resulta muy cercano, aparecen retratos --que en realidad son un programa iconográfico-- de quienes están directamente asociados con la Gran Vía. Se trata del arquitecto capitolino Luis Martínez Feduchi, tan admirado por DF, y de alguno de los escritores que contribuyeron a dar categoría literaria a la calle de la modernidad como Arturo Barea --quien, confinado en la Telefónica, revisaba las crónicas de los corresponsales extranjeros entre explosiones y desfiles de brigadas internacionales--, y Manuel Chaves Nogales --maestro de periodistas y director de “Ahora”, cuyo retrato tiene un fondo de tabla flamenca--, testigos ambos de la conversión de la Gran Vía en la “avenida del quince y medio”.

Hay también en la obras de DF guiños al cine, a esas películas que, practican en la posguerra un neorrealismo al hispánico modo, es decir, un drama disfrazado de comedia un tanto costumbrista, que tienen en la entonces bautizada Avenida de José Antonio uno de los escenarios de referencia. Es el caso de un melancólico Edgar Neville, que colocó a Fernán Gómez entre los neones granviarios de la noche madrileña con un caballo de nostalgias preindustriales, impropias de quien era seguramente el más destacado entre los cosmopolitas de por aquí, o de un Alberto Closas ejerciendo de galán en el tramo que fue Conde de Peñalver, o del propio Neville, quien, con el cine Callao al fondo, aparece en la calle Preciados rodando alguna secuencia. Todo sin olvidar a los fotógrafos, desde Catalá Roca al holandés Cas Oorthuys, brillantes observadores que encontraron en el entorno de la Gran Vía de los cincuenta --la década en que quizás fue más fotografiada--, las claves para interpretar la realidad madrileña, o los anónimos y modestos freelances, que trabajaban en la calle dispuestos a captar, cámara en mano, a quienes, fascinados por el edificio, posaban ante el Capitol o la Telefónica, todavía imágenes de una modernidad capaz de competir con arquitecturas más recientes.

Como se ve, es un recorrido completo al que no le falta una discreta poética del flâneur, del paseante citadino que cada vez invade con mayor intensidad los trabajos de Damián Flores, consciente de que la presencia del hombre humaniza el paisaje urbano y acerca la realidad histórica, compensando el envaramiento de las fuentes documentales, de las incursiones en hemerotecas y bibliografías, que a veces empolvan los trabajos. Este discurrir ocasional del paseante bajo la lluvia, junto con una luz otoñal idónea para el recuerdo, dota a algunas de sus obras de un contenido melancólico muy literario, que convierte a la Gran Vía, como un bulevar de misterio, en un ambiente un tanto modianesco, en el que, como si esto fueran los Campos Elíseos, se adivinan otros mundos y otros cafés más que de juventudes, de vidas definitivamente perdidas.

Aunque en el “mundo DF” siempre existe un registro en el que se adivina una actividad intelectual previa, consecuencia del interés del artista por la memoria, también hay una reconstrucción del contexto mediante la intervención que lo interpreta. Es un dialogo, más literario que histórico, pues no es este su género, que esquiva la tentación fotográfica de reproducir la imagen del pasado, apoyándose en la seguridad de la pátina. Es casi una labor de collage en la que el pincel, cada vez más suelto, se convierte en tijera y en la que los elementos de la narración se superponen desde el presente, dando lugar a una nueva visión surgida de un ejercicio de reinterpretación que está muy cercano a la literatura.

En estas obras de Damián Flores, un ejemplo de pintura literaria por lo que tienen de narrativa, la actividad creadora del artista convierte a la historia en una nueva realidad a partir del detalle, lo que aporta una mirada sobre la ciudad, la arquitectura y los elementos que la conforman, llena de significados, que va más allá de la anécdota conmemorativa. No sorprende que aquí, más que celebración granviaria, haya continuidad de una poética urbana, mejorada y aumentada.
Fernando Castillo Cáceres


Callao, 2010, óleo/lienzo, 89x41 cm.


Palacio de la Prensa, 2010, óleo/tabla, 75 cm.


Ascensor en la Red de San Luis, 2010, óleo/lienzo, 41x65 cm.


Noviembre, 1936, 2010, óleo/lienzo, 35x61 cm.


Chrysler-Seida, 2010, óleo/lienzo, 41x60 cm.


E. Loewe, 2010, óleo/lienzo, 46x38 cm.


Combate aéreo, 2010, óleo/lienzo, 35x46 cm.


Noche en la Telafónica, 2010, óleo/lienzo, 35x46 cm.


Capitol, 2010, óleo/tabla, 50 cm.


Otoño 1953, 2010, óleo/tabla, 50 cm.


Salón de té Capitol, 2010, óleo/tabla, 29x49 cm.


Madrileños en la Red de San Luis, 2010, óleo/lienzo, 24x33 cm.


Cielo de Madrid, 2010, óleo/lienzo, 19x33 cm.


El hombre del Capitol, 2010, óleo/lienzo, 84x41 cm.


Luis M. Feduchi, 2010, óleo/lienzo, 46x41 cm.


Catalá Roca, 2010, óleo/lienzo, 41x46 cm.


Invierno 2008, 2010, óleo/tabla, 50 cm.


Cas Oorthuys, 2010, óleo/lienzo, 54x24 cm.


Blindado, 2010, óleo/tabla, 50 cm.


La Instantánea, 2010, óleo/tabla, 49x29 cm.


La esquina de Rafael Sánchez, 2010, óleo/lienzo, 55x34 cm.


Cloe, 2010, óleo/tabla, 49x29 cm.


El cine Proyecciones, 2008, óleo/lienzo, 130x200 cm.


Gran Vía, 22, 2010, óleo/tabla, 50 cm. (diámetro)


Lluvia de paseantes I, 2010, óleo/lienzo, 19x33 cm.


Lluvia de paseantes II, 2010, óleo/lienzo, 33x19 cm.


Granviarios, 2010, óleo/lienzo, 33x19 cm.


La torre, 2010, óleo/lienzo, 55x35 cm.


El último caballo, 2010, óleo/lienzo, 55x33 cm.